El Abrazo que Rompió Todo: Dirigentes, Bases Heridas y el Candidato inconsulto del Cartismo
El encuentro entre Horacio Cartes y Mario Abdo Benítez genera fuertes cuestionamientos entre dirigentes y militantes de ambos sectores colorados. En medio del desconcierto, surgen versiones sobre la incomodidad de Juan Carlos Baruja ante una eventual candidatura presidencial, mientras crece la incertidumbre sobre el futuro electoral del cartismo.
Las fotos oficiales buscan vender unidad y paz, pero la realidad es que el apretón de manos y abrazo republicano entre Horacio Cartes y Mario Abdo Benítez cayó como un verdadero baldazo de agua fría desde dirigentes de peso en ambos bandos hasta las bases. Y aquí no estamos hablando de los hurreros e "yvyytuístas", esos oportunistas que se mueven al ritmo del viento y cambian de sonrisa según quién tenga la billetera de la cual puedan manotear algo. Hablamos de verdaderos dirigentes y militantes; aquellos que pelearon por amistad, convicción, lealtad y principios, y que hoy sienten que les cambiaron las reglas del juego a puertas cerradas.
En el núcleo duro del cartismo la herida es profunda. Hay una parte de la dirigencia que se niega rotundamente a acompañar este pacto con alguien que, afirman perjudicó y quebrantó a su líder (o en muchos casos ex líder) en todos los aspectos posibles, incluso algunos culpan a Abdo del estado de salud actual de Cartes. Lo culpan también de haberlos persiguido a ellos mismo buscando liquidarlos económica y políticamente. El malestar es tan grande que según afirman fuentes periodísticas serias, la propia familia íntima de Cartes no acompaña ni suscribe este abrazo. Referentes de muchísimo peso, como el empresario José Ortiz, avisaron que van a "hablar primero donde tienen que hablar" (con Horacio Cartes), pero dejaron en claro que su rechazo tajante hacia Abdo no se mueve un milímetro, recordando que la animadversión sigue tan viva como cuando lanzó aquel lapidario mensaje: "no te cree ni tu mamá". En paralelo, figuras del riñón oficialista como el ministro Enrique Riera han marcado una distancia infranqueable, exigiendo un estricto "proceso bíblico" de arrepentimiento y penitencia antes de siquiera considerar sentarse en la misma mesa. En esa misma línea, abogados leales que prometían ir "hasta las últimas consecuencias" contra el abdismo, como Pedro Ovelar, hoy quedan totalmente descolocados al ver a su líder abrazando al rival.
Del otro lado del mostrador, en la carpa abdista, la confusión es igual de grande. Quienes estuvieron en la trinchera perdiendo todo y que hoy enfrentan procesos judiciales como Mauricio Espínola, sienten que los dejaron a la deriva, sin entender qué finalidad real tiene este acercamiento con Cartes.
Y en el medio de este fuego cruzado aparece Juan Carlos Baruja. Aunque ayer se dejó fotografiar compartiendo un almuerzo en el quincho de la avenida España, su lenguaje corporal sería el de una persona que está profundamente incómoda. Tal como lo expone el periodismo analítico en la voz de comunicadores como Santiago González en la mesa de Monumental, el ministro es víctima de un error básico de su líder verticalista: no se le habría consultado lo suficiente sobre si realmente quería asumir semejante peso. Hasta la fecha, nadie lo ha escuchado decir públicamente un "acepto, soy el candidato" con la firmeza que exige una campaña.
Al notar el rechazo de gobernadores, senadores, diputados, miembros del gabinete del ejecutivo, funcionarios de todo tipo o rango, dirigentes y las bases que ya cerraron filas con Pedro Alliana, el ministro habría quedado súper incómodo con toda la situación. Ante esto, Baruja se habría comunicado con gente muy importante del Ejecutivo según señalan fuentes informativas creibles para pedir, con urgencia, un espacio de diálogo. La postura que estaría transmitiendo es clarísima: en estas condiciones actuales, él no estaría dispuesto a aceptar la candidatura a presidente, ni a vicepresidente, y ni siquiera a senador.
Cuando a un político le imponen una misión que no pidió con reglas de juego que parecen actualmente desfavorables, poco claras y muy cambiantes, la lectura no admite muchos rodeos y su supuesto pedido de dialogo tiene mucho sentido. Si todo este escenario que dibuja el periodismo de análisis se confirma, la conclusión es dura pero inevitable: así como están las cosas hoy, el cartismo estaría sin candidato.
En el núcleo duro del cartismo la herida es profunda. Hay una parte de la dirigencia que se niega rotundamente a acompañar este pacto con alguien que, afirman perjudicó y quebrantó a su líder (o en muchos casos ex líder) en todos los aspectos posibles, incluso algunos culpan a Abdo del estado de salud actual de Cartes. Lo culpan también de haberlos persiguido a ellos mismo buscando liquidarlos económica y políticamente. El malestar es tan grande que según afirman fuentes periodísticas serias, la propia familia íntima de Cartes no acompaña ni suscribe este abrazo. Referentes de muchísimo peso, como el empresario José Ortiz, avisaron que van a "hablar primero donde tienen que hablar" (con Horacio Cartes), pero dejaron en claro que su rechazo tajante hacia Abdo no se mueve un milímetro, recordando que la animadversión sigue tan viva como cuando lanzó aquel lapidario mensaje: "no te cree ni tu mamá". En paralelo, figuras del riñón oficialista como el ministro Enrique Riera han marcado una distancia infranqueable, exigiendo un estricto "proceso bíblico" de arrepentimiento y penitencia antes de siquiera considerar sentarse en la misma mesa. En esa misma línea, abogados leales que prometían ir "hasta las últimas consecuencias" contra el abdismo, como Pedro Ovelar, hoy quedan totalmente descolocados al ver a su líder abrazando al rival.
Del otro lado del mostrador, en la carpa abdista, la confusión es igual de grande. Quienes estuvieron en la trinchera perdiendo todo y que hoy enfrentan procesos judiciales como Mauricio Espínola, sienten que los dejaron a la deriva, sin entender qué finalidad real tiene este acercamiento con Cartes.
Y en el medio de este fuego cruzado aparece Juan Carlos Baruja. Aunque ayer se dejó fotografiar compartiendo un almuerzo en el quincho de la avenida España, su lenguaje corporal sería el de una persona que está profundamente incómoda. Tal como lo expone el periodismo analítico en la voz de comunicadores como Santiago González en la mesa de Monumental, el ministro es víctima de un error básico de su líder verticalista: no se le habría consultado lo suficiente sobre si realmente quería asumir semejante peso. Hasta la fecha, nadie lo ha escuchado decir públicamente un "acepto, soy el candidato" con la firmeza que exige una campaña.
Al notar el rechazo de gobernadores, senadores, diputados, miembros del gabinete del ejecutivo, funcionarios de todo tipo o rango, dirigentes y las bases que ya cerraron filas con Pedro Alliana, el ministro habría quedado súper incómodo con toda la situación. Ante esto, Baruja se habría comunicado con gente muy importante del Ejecutivo según señalan fuentes informativas creibles para pedir, con urgencia, un espacio de diálogo. La postura que estaría transmitiendo es clarísima: en estas condiciones actuales, él no estaría dispuesto a aceptar la candidatura a presidente, ni a vicepresidente, y ni siquiera a senador.
Cuando a un político le imponen una misión que no pidió con reglas de juego que parecen actualmente desfavorables, poco claras y muy cambiantes, la lectura no admite muchos rodeos y su supuesto pedido de dialogo tiene mucho sentido. Si todo este escenario que dibuja el periodismo de análisis se confirma, la conclusión es dura pero inevitable: así como están las cosas hoy, el cartismo estaría sin candidato.




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