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"No todo empezó ni termina con Celeste Amarilla o Mbappé: la historia que el mundo no terminó de contar sobre Paraguay y el Mundial"

El debate y la polémica que se instalaron tras la eliminación de Paraguay frente a Francia en el Mundial exceden ampliamente el resultado de un partido de fútbol. Reducir toda la controversia a una “reacción de una senadora enojada” es simplificar un fenómeno mucho más complejo, que combina orgullo nacional, percepción de injusticia, discursos mediáticos, el peso que tienen hoy las redes sociales y la cuestión de género y/o racismo en la construcción de la opinión pública.

📅 07/07/2026 17:32 👤 red24 👁️ 56 lecturas
"No todo empezó ni termina con Celeste Amarilla o Mbappé: la historia que el mundo no terminó de contar sobre Paraguay y el Mundial"
"No todo empezó ni termina con Celeste Amarilla o Mbappé: la historia que el mundo no terminó de contar sobre Paraguay y el Mundial"

El debate y la polémica que se instalaron tras la eliminación de Paraguay frente a Francia en el Mundial exceden ampliamente el resultado de un partido de fútbol. Reducir toda la controversia a una “reacción de una senadora enojada” es simplificar un fenómeno mucho más complejo, que combina orgullo nacional, percepción de injusticia, discursos mediáticos, el peso que tienen hoy las redes sociales y la cuestión de género y/o racismo en la construcción de la opinión pública.

La Albirroja cayó con dignidad y solo por un penal cargado de polémica frente a una de las mayores potencias del fútbol mundial. Lo hizo después de una campaña que despertó el orgullo de millones de paraguayos. No todos esperaban que Paraguay llegara tan lejos y, sin embargo, el equipo compitió de igual a igual, recuperó su identidad y volvió a instalar el respeto hacia el fútbol paraguayo.

Paradójicamente, la conversación internacional dejó de girar alrededor de ese logro deportivo y pasó a concentrarse en una polémica que terminó eclipsando una de las mejores actuaciones mundialistas de Paraguay en muchos años.

Y aquí debemos ser muy claros al afirmar que no todo comenzó con dichos y gestos desacertados de la máxima figura del conjunto francés después del partido, ni con la reacción de la senadora en consecuencia.

Durante la previa del encuentro, diversos análisis y comentarios provenientes de periodistas, comentaristas y exfutbolistas extranjeros, principalmente franceses (lo mismo ocurrió en la previa del partido contra Alemania), volvieron a instalar viejos estereotipos sobre Paraguay. Se habló de una selección limitada técnicamente, excesivamente física, incómoda para jugar y cuya principal virtud sería destruir el juego rival, dando lugar a descalificaciones y predicciones de goleada de todo tipo. Aunque esas opiniones no representaron a todo el periodismo internacional, sí reavivaron una percepción histórica entre muchos paraguayos: la de sentirse subestimados cuando enfrentan a las grandes potencias.

A ello se sumó otro elemento que estuvo muy presente entre la afición paraguaya durante todo el Mundial: la sensación de que varias decisiones arbitrales importantes terminaron perjudicando a la Albirroja. Esa percepción, compartida por numerosos aficionados y analistas locales, fue alimentando un clima emocional que se acumuló partido tras partido y que alcanzó su punto máximo tras la eliminación frente a Francia.

En ese contexto aparecieron las declaraciones de la senadora Celeste Amarilla.

Es posible analizarlas desde tres dimensiones diferentes.

Como aficionada, expresó un enojo que también compartían miles de paraguayos.

Como ciudadana, reaccionó frente a lo que interpretó como una suma de menosprecios hacia su selección y hacia el país.

Pero, como senadora de la República, sus palabras adquirieron inevitablemente una dimensión institucional que trascendió el plano personal y proyectó una imagen internacional de Paraguay.

Ese es, probablemente, el punto central del debate.

Comprender el contexto que explica una reacción no significa justificar cada una de las expresiones utilizadas. Del mismo modo, condenar un discurso discriminatorio tampoco debería impedir analizar las causas que llevaron a que ese discurso apareciera.

Las sociedades rara vez reaccionan únicamente por un hecho aislado. Generalmente responden a una acumulación de experiencias, percepciones y emociones. En este caso, para muchos paraguayos, el partido contra Francia representó mucho más que noventa minutos de fútbol. Representó años de sentirse considerados una selección menor, décadas de escuchar que Paraguay solo sabe “pegar” o “defender”, y un Mundial en el que muchos creen que el reconocimiento deportivo no fue acompañado por el mismo trato en otros ámbitos. A todo eso se suman dichos y expresiones de la máxima figura del conjunto francés, muy poco felices y que rayan en aquello mismo de lo que se acusa a la senadora, sin que hayan tenido consecuencias más allá del escarnio popular.

También es cierto que las figuras públicas tienen una responsabilidad mayor que la del resto de los ciudadanos. Precisamente por eso, las palabras de una autoridad política generan repercusiones mucho más profundas que las de cualquier hincha.

Sin embargo, sería un error reducir todo este episodio únicamente a esas declaraciones. La verdadera discusión también debería incluir cómo se construyen determinados relatos sobre las selecciones consideradas pequeñas, cómo persisten ciertos prejuicios futbolísticos que trascienden lo meramente deportivo y por qué, muchas veces, las voces de los países menos poderosos tienen menos espacio para expresar sus reclamos.

El Mundial terminó para Paraguay, pero también dejó algo que hacía mucho tiempo no ocurría: el respeto futbolístico volvió a ganarse dentro de la cancha y fuera de ella, con el reconocimiento y la valoración internacional a la garra, el sentido de pertenencia del pueblo paraguayo por su selección y el patriotismo demostrado tanto en las victorias como en las derrotas.

Quizá la mayor enseñanza que deja este episodio sea que el reconocimiento deportivo también exige reconocimiento comunicacional. Porque cuando un país siente que su esfuerzo es minimizado, que su historia se resume en estereotipos y que su voz pesa menos que la de las grandes potencias, las emociones terminan ocupando el lugar que deberían ocupar los argumentos.

Y entonces, el verdadero partido deja de jugarse sobre el césped y comienza a disputarse en el terreno mucho más complejo de la opinión pública mundial.

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