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La primera gran fractura de Honor Colorado: la disputa por el poder ya condiciona la gobernabilidad

Lo que comenzó como una discusión sobre un préstamo internacional para obras públicas terminó exponiendo una disputa mucho más profunda dentro del oficialismo. Las diferencias entre legisladores, gobernadores y referentes territoriales revelan que la carrera hacia 2028 ya comenzó y que la mayor amenaza para la gobernabilidad de Santiago Peña podría encontrarse dentro de su propio movimiento político.

📅 29/07/2026 21:12 👤 red24 👁️ 76 lecturas
La primera gran fractura de Honor Colorado: la disputa por el poder ya condiciona la gobernabilidad
Durante meses, Honor Colorado proyectó una imagen de cohesión que parecía inquebrantable. Con el control del Ejecutivo, una amplia mayoría legislativa y un liderazgo partidario consolidado, el oficialismo transmitía la sensación de haber alcanzado un nivel de estabilidad política pocas veces visto en los últimos años. Sin embargo, esa imagen comenzó a resquebrajarse y el conflicto dejó de ser una especulación de pasillos para instalarse en el centro del escenario político nacional.

La reciente paralización del tratamiento de un préstamo internacional destinado a financiar obras de infraestructura y conectividad rural dejó en evidencia que la principal amenaza para el Gobierno de Santiago Peña y su gobernabilidad ya no proviene de la oposición, sino de las tensiones que crecen dentro de su propio movimiento.

Lo que, en apariencia, fue una discusión parlamentaria sobre un financiamiento internacional es, en realidad, la expresión de una disputa mucho más profunda por el control del poder político, la distribución de recursos y la construcción de liderazgos con miras a las elecciones generales de 2028.

Las declaraciones del senador Silvio "Beto" Ovelar marcaron un punto de inflexión. Al cuestionar la actitud de dirigentes de Honor Colorado y advertir sobre una "borrachera del poder", el legislador hizo pública una preocupación que hasta ahora permanecía reservada a las conversaciones internas del oficialismo. Su mensaje fue interpretado como una crítica a quienes priorizan proyectos personales antes que la estabilidad del Gobierno y utilizan el Congreso como un espacio de presión para fortalecer sus posiciones.

Sin embargo, dentro de la Cámara de Diputados esas expresiones no fueron bien recibidas.

Un importante sector de la bancada cartista considera que Ovelar ha acumulado una influencia excesiva en la interlocución con el Poder Ejecutivo y que esa cercanía le permitió impulsar proyectos con fuerte impacto político para el departamento de Caaguazú, territorio donde construyó buena parte de su liderazgo. Esa percepción alimentó un creciente malestar entre diputados de otras regiones del país, quienes sostienen que la distribución de las futuras obras de infraestructura no refleja un criterio equilibrado y privilegia a determinados sectores del oficialismo.

La decisión de dejar sin quórum la sesión en la que debía analizarse el préstamo respondió precisamente a esa disputa. Más que rechazar el crédito, los diputados buscaron abrir una negociación política sobre la distribución de las inversiones que financiará ese programa. El mensaje fue claro: ninguna obra de gran impacto podrá avanzar sin que exista un acuerdo previo entre quienes representan el poder territorial del movimiento.

La renegociación del reparto de las obras se convirtió así en el verdadero eje del conflicto. Los legisladores pretenden revisar la asignación prevista e incorporar con mayor fuerza a departamentos que consideran relegados. En otras palabras, la discusión dejó de girar alrededor del financiamiento y pasó a centrarse en quién capitalizará políticamente las futuras inversiones.

Para Beto Ovelar, el escenario no es menor. Una eventual redistribución que reduzca la participación de Caaguazú podría afectar directamente su liderazgo. Durante los últimos meses, el senador generó expectativas entre intendentes, dirigentes y comunidades sobre la llegada de importantes obras vinculadas a ese financiamiento. Si esas inversiones finalmente son reasignadas a otros departamentos, el costo político recaería sobre quien había aparecido como uno de sus principales impulsores.

Más allá de los nombres propios, el episodio refleja un cambio en la dinámica interna de Honor Colorado. Los gobernadores, diputados e intendentes entienden que el peso electoral obtenido en sus territorios les otorga legitimidad para exigir mayor participación en las decisiones estratégicas, y todo esto se suma a la disputa por un lugar en la chapa presidencial rumbo a las próximas elecciones, junto a Pedro Alliana. Ese nuevo equilibrio de fuerzas anticipa una etapa de negociaciones mucho más complejas dentro del oficialismo y demuestra que la competencia por el poder ya comenzó, aunque las elecciones de 2028 todavía parezcan lejanas.

Si la discusión por la distribución de las obras representa el detonante del conflicto, la verdadera disputa se encuentra varios pasos más adelante. Dentro de Honor Colorado ya comenzó, como dijimos, el posicionamiento de los distintos sectores con miras a la conformación de la chapa presidencial de 2028, y la Vicepresidencia de la República aparece como el primer gran objetivo político.

La competencia ya no se limita al ámbito parlamentario. Gobernadores, diputados, ministros y referentes territoriales buscan consolidar espacios de influencia para llegar fortalecidos a la próxima negociación interna. Cada decisión legislativa, cada declaración pública y cada pulseada por los recursos del Estado empieza a formar parte de una estrategia de acumulación de poder.

En ese contexto, la Cámara de Diputados decidió enviar un mensaje inequívoco: el liderazgo del movimiento no puede construirse únicamente desde el Senado, las gobernaciones o el Poder Ejecutivo. Los legisladores entienden que representan una parte fundamental de la estructura electoral de Honor Colorado y reclaman participar activamente tanto en la definición de las candidaturas como en la distribución de los recursos que fortalecen a los liderazgos departamentales.

El conflicto también expone una tensión histórica entre el poder central y las estructuras territoriales. Gobernadores e intendentes consideran que son ellos quienes sostienen electoralmente al movimiento en el interior del país y que esa realidad debe reflejarse tanto en las decisiones políticas como en la asignación de inversiones públicas. La disputa, por lo tanto, trasciende el préstamo internacional y pone sobre la mesa una discusión sobre cómo se distribuirá el poder dentro del oficialismo durante los próximos años.

En medio de ese escenario, el presidente Santiago Peña enfrenta uno de los desafíos políticos más complejos desde el inicio de su mandato. Su gobierno necesita ejecutar obras, mostrar resultados y mantener una agenda legislativa fluida para consolidar su gestión. Sin embargo, cuando las diferencias provienen del propio oficialismo, la capacidad de conducción comienza a ponerse a prueba. Cada proyecto demorado por desacuerdos internos erosiona la percepción de cohesión y alimenta la idea de que la gobernabilidad depende cada vez más de negociaciones entre los distintos sectores del cartismo.

La conducción de Horacio Cartes también entra en una etapa de mayor exigencia. Hasta ahora, su liderazgo permitió mantener un alto grado de disciplina dentro del movimiento, pero las recientes tensiones muestran que ese esquema enfrenta nuevos desafíos. La creciente fortaleza de gobernadores, diputados y dirigentes departamentales hace más difícil sostener un modelo de conducción exclusivamente vertical, obligando a abrir espacios de negociación que hace pocos años parecían innecesarios.

Pedro Alliana aparece igualmente como una figura determinante. Su posición institucional y política lo convierte en uno de los pocos dirigentes con capacidad para tender puentes entre el Ejecutivo, el Senado, la Cámara de Diputados y los liderazgos territoriales. La evolución del conflicto dependerá, en buena medida, de su capacidad para construir consensos antes de que las diferencias se profundicen.

Desde una perspectiva política, el episodio refleja un fenómeno frecuente en los partidos que concentran el poder durante largos períodos. Cuando la oposición pierde capacidad para disputar el Gobierno, la competencia se traslada hacia el interior del oficialismo. Las disputas dejan de girar alrededor de las diferencias ideológicas y pasan a centrarse en la sucesión, el liderazgo y el control de los recursos políticos. En ese escenario, cada obra pública, cada cargo y cada decisión estratégica adquieren un valor electoral mucho mayor.

El conflicto por el préstamo dejó en evidencia que la discusión ya no consiste únicamente en aprobar o rechazar un financiamiento internacional. Lo que está en juego es la redefinición del equilibrio interno de Honor Colorado y la construcción de los liderazgos que buscarán conducir al movimiento en el próximo ciclo político.

La principal enseñanza de este episodio es que la mayor amenaza para el oficialismo no proviene hoy de la oposición, sino de la velocidad con la que algunos sectores comenzaron a disputar la sucesión. Adelantar esa competencia implica correr el riesgo de subordinar la gestión de gobierno a intereses internos y convertir al Congreso en un escenario permanente de presión política.

Si el liderazgo partidario logra canalizar esas diferencias mediante acuerdos, Honor Colorado podrá mantener la iniciativa política y preservar su condición de fuerza dominante. Pero si la puja por el poder continúa escalando y la negociación por las obras y las candidaturas sustituye a la agenda de gobierno, el oficialismo enfrentará un desgaste prematuro que podría condicionar no solo la gestión de Santiago Peña, sino también la fortaleza electoral con la que llegue a las elecciones generales de 2028.

El desafío ya no consiste únicamente en administrar el poder; consiste, sobre todo, en evitar que la lucha por heredarlo termine debilitando a quienes hoy lo ejercen.

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