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LA POLÍTICA DE LOS GESTOS: CUANDO UNA FOTOGRAFÍA DICE MÁS QUE UN ABRAZO

El encuentro entre Santiago Peña, Mario Abdo Benítez y Nicanor Duarte Frutos durante una recepción diplomática reabrió el debate sobre el valor político de los gestos, la imagen de unidad dentro del Partido Colorado y el peso que las señales públicas tienen en la construcción del poder y la percepción ciudadana.

📅 22/07/2026 02:05 👤 red24 👁️ 84 lecturas
LA POLÍTICA DE LOS GESTOS: CUANDO UNA FOTOGRAFÍA DICE MÁS QUE UN ABRAZO
En política existen gestos que duran apenas unos segundos, pero que contienen años de historia, disputas, reconciliaciones parciales y silencios cuidadosamente administrados. El encuentro entre el presidente Santiago Peña, el expresidente Mario Abdo Benítez y el también expresidente Nicanor Duarte Frutos durante la recepción por los 250 años de la Independencia de los Estados Unidos pertenece precisamente a esa categoría. Las sonrisas, el abrazo, las conversaciones distendidas y la fotografía compartida no fueron solamente una escena protocolaria. Fueron una demostración de que el Partido Colorado conserva una de sus mayores virtudes y, al mismo tiempo, una de sus mayores contradicciones: la capacidad de mostrarse unido aun cuando, por debajo de la superficie, las diferencias continúan intactas.

El coloradismo ha construido durante décadas una cultura política donde la imagen de unidad suele tener tanto valor como la propia unidad. Sus dirigentes entienden que las fotografías también gobiernan, que un saludo puede enviar mensajes más poderosos que un discurso y que, en determinados momentos, la percepción pública resulta tan importante como la realidad. Por eso, estos encuentros nunca son casuales. Cada sonrisa tiene destinatarios, cada apretón de manos comunica estabilidad y cada abrazo intenta proyectar la idea de que el partido sigue siendo una estructura capaz de contener a sus distintas corrientes cuando el escenario así lo exige.

Sin embargo, el verdadero significado de esta escena no está únicamente en lo que muestra, sino también en lo que cuidadosamente oculta. Las diferencias políticas que marcaron los últimos años no desaparecen por una fotografía. Los liderazgos que compiten por influencia tampoco se diluyen entre saludos cordiales. Las disputas internas, las heridas acumuladas y los proyectos personales siguen existiendo exactamente donde estaban antes del encuentro. Lo único que cambia es el escenario sobre el que se representan.

Ese es, quizás, el mayor rasgo del coloradismo en su máxima expresión: la extraordinaria capacidad para convertir la convivencia circunstancial en un símbolo de fortaleza política. No porque todos piensen igual, sino porque todos comprenden cuándo conviene parecer parte de una misma historia. La política paraguaya ha demostrado innumerables veces que los adversarios de ayer pueden compartir una fotografía hoy sin renunciar necesariamente a volver a enfrentarse mañana. La memoria política es larga, pero el pragmatismo suele ser todavía más largo.

Por eso, este abrazo admite múltiples lecturas. Para algunos representa madurez institucional y demuestra que las diferencias personales no impiden mantener una relación de respeto entre quienes ocuparon la primera magistratura del país. Para otros constituye una demostración de disciplina partidaria, donde el mensaje hacia adentro pesa mucho más que cualquier interpretación ciudadana. También existe una mirada más escéptica, que entiende estas escenas como parte de una sofisticada puesta en escena donde la política vuelve a recordar que la percepción muchas veces termina imponiéndose sobre la realidad.

Y probablemente todas esas interpretaciones tengan una parte de verdad, porque la política rara vez funciona en blanco y negro. Funciona en matices, en símbolos y en señales cuidadosamente administradas.

Quizás por eso el viejo refrán parece escrito para momentos como este: no todo es lo que parece y no todo parece lo que es. En el coloradismo, los abrazos pueden expresar afecto, respeto, conveniencia, estrategia o simplemente sentido de oportunidad. A veces representan todo eso al mismo tiempo.

Mientras el ciudadano observa un gesto espontáneo, la política suele estar escribiendo un mensaje mucho más elaborado. Detrás de una sonrisa pueden convivir la competencia por el liderazgo, la necesidad de preservar la gobernabilidad, el cálculo electoral y la obligación de transmitir estabilidad hacia dentro y hacia fuera del partido. Esa es la complejidad que convierte un simple encuentro en un hecho político.

Al final, la fotografía probablemente sobreviva mucho más que las conversaciones que la hicieron posible. El abrazo quedará registrado como una postal de convivencia republicana, aunque nadie pueda asegurar que haya modificado el mapa real del poder. Porque el coloradismo, fiel a su historia, vuelve a recordar que sabe administrar mejor que nadie el arte de la política simbólica: donde las formas adquieren valor propio, los gestos hablan más fuerte que las palabras y las imágenes terminan diciendo exactamente lo que cada observador está dispuesto a creer.

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